A menudo, a los maestros, sobre todo de secundaria, nos ha preocupado no poder acabar el currículo. Se entiende que el currículo es el conjunto de conocimientos y valores que debemos trabajar con nuestros alumnos. Se trata de decisiones conscientes y meditadas que van modelando el proyecto de centro.  Sin embargo, a lo que me refiero ahora es al currículo oculto, aquellos conocimientos y emociones, que el centro destila y que son asumidos por alumnos y alumnas, muchas veces sin conciencia o premeditación de los profesores y maestros.

Recuerdo que, en cierta ocasión, un viernes por la tarde, un miembro del personal de mantenimiento entró en clase y dijo: “¿pueden salir algunos chicos, que están más fuertes?; tenemos que mover un armario”. He ahí un sesgo de género, que hizo torcer la cara a más de una alumna, consciente del prejuicio que se estaba manifestando: una generalización sin más y el prejuicio sobre la debilidad de las mujeres en general. Y todo ello desde un comentario aparentemente inocuo e inocente.

Es cierto que cualquier entorno, escolar o no, ofrece experiencias educativas no premeditadas,  y también que el currículo oculto puede tener connotaciones negativas o positivas. Un centro en el que todas las personas se saludan con amabilidad al cruzarse, por ejemplo, vehicula un currículo oculto claramente positivo, de cuidado y respeto mutuos. Por eso es tan importante establecer rituales de centro en positivo. El equipo docente debe discutirlos y consensuarlos para establecerlos. Por ejemplo, decorar las puertas de las clases con proyectos éticos y mensajes en positivo puede servir para pasear por la escuela y reflexionar, ¡siempre y cuando los hayan escogido los alumnos! 

La escuela se ocupa de la socialización de los alumnos, en combinación con la familia; de ahí, la necesidad de implementar normas y actitudes que respondan a una demanda social. Se trata de una misión de la escuela que en muchas ocasiones se ha meditado poco, pero que forma parte de ese currículo oculto: ¿deben los alumnos vivir la escuela como una adaptación a la vida social, como una crítica a la misma, como ambas? La escuela se mueve en ese currículo oculto bajo la sospecha de manipular al alumnado en una determinada dirección ideológica. En mi opinión, esa pregunta debe responderla el proyecto de centro, con sinceridad y transparencia, para que las familias puedan escoger con conocimiento de causa: estas son nuestras propuestas, escoja usted si las encuentra compatibles y coherentes con su proyecto de educación familiar (sabiendo que ese proyecto propio no es enteramente escogido por la familia, porque hay obligaciones que derivan de la sociedad y la ciudadanía democráticas).

Del mismo modo, parte del currículo oculto lo desarrollan las circunstancias que se concatenan en las aulas. Aspectos como la situación económica y el estatus social de las familias, la estructura de poder en el aula, el modo en que ejerce el profesor la autoridad, el uso del lenguaje y su sesgo, por parte del docente y por parte del alumno, las prioridades curriculares, las formas y el sentido de las evaluaciones, las medidas disciplinarias… De todo ello los estudiantes absorben unos conocimientos y vivencias que se revelan fundamentales en su formación como personas. No es lo mismo un centro que predispone a la obediencia, la docilidad y la resignación, que uno que apuesta por la crítica, la autonomía y la libertad de decisión (valores propios de una escuela en democracia). Del primer centro saldrán súbditos;  del segundo, ciudadanos

Aula vacía para ilustrar el currículo oculto

Ser un buen docente implica reflexionar sobre ese currículo oculto a fin de desvelarlo, despojarlo sobre todo de los sesgos que contravienen los valores fundamentales que debe tener cualquier escuela y cualquier práctica educativa: los derechos fundamentales y las responsabilidades asociadas a ellos. Las escuelas no deben perpetuar la desigualdad social; al contrario, han de ofrecer oportunidades al mérito para que aquella se reduzca. La clase, el género, la raza, el nivel socio-económico de las familias condicionan ese currículo oculto. 

El currículo oculto puede ocasionar el fracaso de muchos alumnos, porque no deja de establecer determinadas expectativas sobre sus capacidades y competencias, que ejercen una fuerte presión a la hora de avanzar en sus aprendizajes. 

El currículo oculto forma parte de la mochila educativa de muchos docentes, que fueron educados con ese patrón (en el caso de mi generación, además, en una sociedad patriarcal y autoritaria)  y lo interiorizó como “lo normal”, incluso como “lo natural”. Así es muy difícil superar esta interiorización, que se manifiesta en la propia organización del centro demasiado a menudo. Se aprecia en cómo nos referimos a las mujeres de la limpieza, a las secretarias, al empleado de mantenimiento o al director. El alumnado recibe un mensaje desde ese modelo de organización. También emite mensajes el propio diseño del espacio. Aspectos como la decoración de las aulas y los espacios comunes o las imágenes que el docente utiliza como ejemplos en el transcurso de la clase, son transmisores de la información que el alumnado acaba por captar, casi inconscientemente. 

Sólo desde una posición de extrañamiento de nuestra propia realidad, observándola desde el exterior, podemos detectar ese currículo oculto, preservar los rasgos positivos que pueda tener y tratar de corregir los negativos. Sólo desde el trabajo en equipo podremos identificar los sesgos que afluyen a nuestro estilo docente. Seamos conscientes de que el currículo oculto, al reiterarse una y otra vez, se fija con mucha más eficacia que la mayoría de conocimientos y valores que nos proponemos. Las prácticas sexistas, racistas o clasistas se repiten en el tiempo y constantemente en un insistente goteo. De ahí que debamos dedicar parte de nuestros esfuerzos a la reflexión para detectar esos sesgos. Pueden ayudarnos en esa tarea los propios alumnos y alumnas, que a menudo sienten un difuso malestar, frente a valores que ponen en evidencia incoherencias entre lo que se predica y lo que se ofrece. Os propongo entrar en una clase de un colega y tratar de localizarlos en el desarrollo de la sesión y después hacer lo propio, con el compañero, en la propia clase. Ésa es una buena forma para conseguir identificarlo, también. O mejor aún, trabajar ambos en la misma aula. 

Por supuesto, la escuela no es el único espacio con currículo oculto. Los medios de comunicación, la publicidad y tantos otros, no dejan de transmitir valores como los que aquí venimos considerando. Junto a la reivindicación del día de la mujer, encontramos los días del padre y de la madre, y sus correspondientes regalos “adecuados”, por poner un solo ejemplo.

Finalmente, advertir que otro componente del currículo oculto supone que la escuela debe arreglar todos los problemas, como por arte de magia. Esa presión se siente en las aulas y la siente el docente, difusa, pero persistente también. Por eso debemos desvelar todos los currículos ocultos, y por eso la escuela puede cumplir la función de promover el pensamiento crítico en toda la comunidad educativa (docentes, familias, alumnos, personas de administración y servicios…). No podemos adoptar una posición aséptica o pasiva ante los desafíos. Sólo nos queda escoger los valores y analizar nuestras fortalezas y debilidades, cuando los encarnamos y promovemos.

Que el currículum oculto sea inevitable no quiere decir que no admita cambios y redireccionamientos. En una ocasión, me encontraba en clase trabajando el islam y les propuse, a las niñas, cuál de ellas quería ponerse un burka que me habían prestado, para poder hablar después sobre lo que habían sentido. Una de ellas, acabada ya la actividad, me preguntó por qué solo había propuesto  probarse la pieza a las niñas, cuando, en realidad, los que deberían mostrar más empatía con las mujeres que son obligadas a llevarlo y su despersonalización, eran los hombres. Me disculpé, sin más. A partir de entonces, cuando ha llegado esa sesión de trabajo, niñas y niños voluntarios se prueban la pieza de ropa.

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