Supongo que muchos profesores se han encontrado en el transcurso del ejercicio de su profesión en la situación que describiré a continuación. Se está hablando de un tema controvertido, polémico, en el aula. Se presentan intereses y posiciones diversos, y parece que en el diálogo que sigue se están construyendo consensos, puntos en común. Y de repente, siempre aparece la voz que reclama: “votemos”. Parece que todo se decidirá por votación.

Parece que todo está al alcance de la decisión de la mayoría. Se confunde democracia y mayoría. Este momento me produce una extraña sensación, como de que se llega al final antes de empezar. Se abandonan los acuerdos ante el conflicto y se pasa a levantar la mano. El consenso se deja de lado, ya de entrada. Empiezas a ver las caras de satisfacción en el grupo que se impone y la frustración en el que queda en minoría. La decisión no queda subordinada a las buenas razones o la mejor argumentación, sino al poder del número.

  • Desde hace varios años, situaciones como estas me inquietan bastante porque, a menudo, me han recordado el sufrimiento del protagonista de una buena película que vi hace unos años, en 1998: “El show de Truman” de Peter Weir . Probablemente algunos de vosotros os preguntaréis qué tiene que ver la desazón en la clase con lo comentado de “El  show de Truman. Intentaré aclarar el paralelismo.

¿Qué relación tiene la película “El show de Truman con la Democracia?

La democracia es el sistema político que garantiza el estado de derecho. Esto quiere decir que es el único sistema político que acepta la pluralidad, la diversidad, y la considera como riqueza, no como problema. Y al mismo tiempo, impide la diferencia, al elaborar un marco legal que impide la discriminación, no el conflicto. Se trata, evidentemente, de un equilibrio sumamente difícil, basado en el hecho de que todas las opiniones están presentes a la hora de tomar decisiones, unas decisiones que son adoptadas por mayorías pero que pretenden tender a fundamentar el máximo de consenso.

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Fotograma de la película El show de Truman

El problema ocurre, claro, cuando se pervierte alguna de estas premisas. Por ejemplo, cuando los ciudadanos no se sienten representados o la mayoría ahoga las legítimas pretensiones de las minorías; cuando el marco legal desprotege algunos derechos para priorizar otros, cuando los intereses de unos pocos acaban generando injusticia, perturbando este elevado principio de justicia para el que se deberían hacer las leyes. Es en este sentido que el mundo de Truman me lleva a pensar en algunas formas de democracia donde se decide “lo mejor para el pueblo, pero sin el pueblo”, donde “todo se hace para bien”, pero reduciendo la libertad a una variable prescindible, casi incompatible con el bienestar, una variable peligrosa que podría hundir la delicada estructura del sistema. Se trata de una “democracia sin libertad”, como si eso fuera posible.

¿Qué podemos hacer como educadores frente a esta situación?

Evidentemente, nos damos cuenta que la escuela tiene mucho que decir y que hacer. Si conseguimos crear una escuela democrática podremos colaborar a fortalecer la democracia. Estas líneas no permiten analizar en profundidad si el sistema educativo refuerza los valores democráticos o el funcionamiento del ideal del sistema que mencionábamos antes. Digamos, tan sólo, que la escuela, institución concebida para perpetuar una tradición, a menudo al servicio de legitimar el poder sin cuestionarlo ni criticarlo, no ha sumado esfuerzos para formar ciudadanos que ejerzan una participación activa en nuestra democracia.

A menudo, la clase ha mimetizado una estructura de poder que legitima la obediencia y considera que los niños y niñas, los chicos y chicas, no son ciudadanos de hecho, sino proyectos de ciudadanos. Esta visión asistencial y proteccionista de la infancia, que se fundamenta en su supuesta incompetencia para colaborar a construir la realidad, ha recluido en el aula su margen de actuación y, muy a menudo, de pensamiento.

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  • Así pues, ¿cómo salir del “Seaheaven” donde parece que estamos todos atrapados? ¿Cómo sacar de él a los niños? Os invito a hacerlo usando como ariete la Filosofía para Niños.

La filosofía no es una ciencia sino un saber que tiene vocación de polemizar, un tábano que fastidia a la certeza y la verdad absolutas, a todos los dogmatismos para cuestionarse la realidad y mostrar visiones diversas y alternativas del mundo. Por eso, por su carácter inconformista, puede ser un instrumento que permita a los niños y jóvenes desvelar la realidad.

Evidentemente, estaréis pensando que también hay filosofías totalitarias, justificaciones filosóficas de las tiranías más intolerantes. Tenéis razón. Pero la Filosofía para Niños no se puede enmarcar en esta corriente de pensamiento. Se trata de un proyecto que quiere ayudar a los alumnos a hacer filosofía, a pensar por sí mismos, de forma crítica y creativa, de forma democrática, siguiendo la tradición socrática del diálogo en comunidad, de la construcción de contextos con opiniones y sensibilidades diversas .

Los niños y niñas se sientan en círculo, con la estructura normativa que previamente han discutido y aprobado en la clase. Allí, ayudados de unas novelas que reproducen conversaciones de niños y niñas, de chicos y chicas de su edad, dialogan en torno a los temas que les interesan, polemizando y construyendo una visión compleja del mundo. Y creo sinceramente, puedo dar testimonio, que así contribuyen a habilitarse como ciudadanos que son para colaborar en la mejora cualitativa de la democracia que tenemos, a salir de una realidad que nos quieren vender como inalterable, como un moderno “Seaheaven”, en definitiva.

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Lecciones democráticas de El show de Truman

  • El “Show de Truman” termina con una escena que resume muy bien lo que está en juego, si no empezamos ya a construir una nueva sociedad diferente en todos los escenarios posibles, incluida la escuela. Podemos destacar dos partes relevantes.

En la primera, Truman se sustrae al control de las cámaras de televisión y seguimiento que hay en los lugares más insospechados de toda la localidad en que tiene lugar el programa- un enorme escenario encajado en una enorme bola cerrada-. Aprovechando que, por fin, queda temporalmente fuera del alcance de Cristof, explora los límites de su universo- hasta que descubre la verdad y toma la primera decisión verdaderamente libre de su vida: abandonar la seguridad y elegir el riesgo de la libertad.

En la segunda, se nos muestran los espectadores que han seguido el programa, emocionados por el desenlace sólo el tiempo que tarda en quedar la pantalla vacía. Y entonces, creo recordar, la enorme frivolidad de preguntarse cuál será el próximo programa.

Nos jugamos al democracia y tenemos que dejar de dar por supuesto que no hay riesgo de perderla. Si queremos mantenerla hay que empezar a valorarla y fortalecerla desde la infancia. La libertad y la igualdad, la justicia y la equidad no son condiciones, sino conquistas. Y eso es lo que habría que recordar: los demócratas no nacen; se hacen.

  • Os transcribo la última escena del “Show de Truman” entre Truman y Cristof:

-Truman, ¿puedes hablar? Te escucho.

– ¿Quién eres?

-Soy el creador del programa de televisión que llena de esperanza y felicidad a millones de personas.

-Y, ¿quién soy yo?

-El protagonista.

-¿Nada era real?

-Tú, eres real. Por eso valía la pena verte. Escúchame Truman. Allí fuera no hay más verdad que la que hay en el mundo que he creado para ti. Las mismas mentiras, los mismos engaños, pero en mi mundo, tú no tienes que temer nada. Te conozco mejor que tú mismo.

– Nunca has tenido una cámara en mi cerebro.

-¿Tienes miedo? , por eso no puedes marcharte. Está bien, Truman. Yo te entiendo. Llevo observándote toda tu vida. Te observé al nacer. Te observé cuando diste tu primer paso. Observé tu primer día de escuela. Y el capítulo en el que se te cayó tu primer diente. No puedes irte, Truman. Éste es tu lugar. Conmigo. Háblame. Dime algo. Di algo, maldita sea, estás en la Televisión. En directo. Ante todo el mundo.

– Por si no nos vemos luego, buenos días, buenas tardes y buenas noches. SIII (hace un saludo para los espectadores y sale por la puerta que ha abierto detrás suyo).

En mi opinión, Truman nos da una gran lección. Sólo abandonando “Sheaheaven se puede ser libre, sólo aceptando el” riesgo “de la realidad y del contacto humano se puede ser feliz. Nosotros, como educadores debemos procurar que nuestros alumnos salgan a pensar el mundo, a mejorarlo, y la Filosofía para Niños nos puede ayudar a conseguirlo.

Quisiera terminar esta reflexión cerrando el círculo donde se había iniciado. Tenemos un ideal, una utopía probablemente inalcanzable, la Democracia, y una realidad, la democracia. Tratar de convertir la democracia en Democracia quizás sea probablemente un imposible. No intentarlo, aunque sea dando pequeños pasos, me parece temerario, porque la realidad es una construcción inacabada y el deseo de mejora es la única barrera que nos separa del miedo.

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