Nélida Zaitegi

 

  • Nélida Zaitegi es maestra, pedagoga e inspectora de educación actualmente jubilada. Desde 1967 ha impartido clases en centros tanto de enseñanza primaria como secundaria.
  • Desde 2017, es la presidenta del Consejo Escolar de Euskadi.
  • Es vicepresidenta honorífica de la asociación CONVIVES, cuya revista ha dirigido.
  • Ha participado en investigaciones y es autora de libros y artículos sobre temas tan variados como la coeducación, la convivencia escolar, la formación del profesorado o la innovación educativa.

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A Nélida Zaitegi, cuando era niña, le gustaba mucho resolver problemas matemáticos. Era un reto consigo misma, y le gustaba tener que explicar cómo había llegado al resultado, con todo el proceso del pensamiento que había detrás: cuál había sido la hipótesis, si se había confirmado o no, y por qué. Le encantaba ver cómo pensaba ella y cómo lo hacían otras compañeras.

De aquella época recuerda también con mucho cariño a su maestra de enseñanza primaria, Emilia Zuza, en una escuela pública con 40 niñas de entre 10 y 14 años. Una maestra comprometida con sus alumnas y con la comunidad. A ella, muy probablemente, deba en gran parte su vocación docente.   

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¿Qué es para usted educar? 

En este momento, hay que repensar el para qué educamos y qué es la educación. Dejar que el tsunami que estamos viviendo se lleve lo antiguo y podernos replantear las cosas desde el aquí y el ahora. Creo que educar es desarrollar en los chicos y en las chicas unas competencias que les permitan construirse como personas, es decir, darles herramientas para desarrollar sus proyectos vitales y para participar de manera activa en el mundo. Porque nos tenemos que comprometer con la construcción de una sociedad más justa, más solidaria, más humana, y que humanice al mismo tiempo. La educación nos permite seguir avanzando en el desarrollo humano. 

¿Cuáles son los retos de la educación para el siglo XXI?

El más importante es hacer que la enseñanza sea para todas las personas, y no solo para algunas. La educación tiene que facilitar, promover personas de primera clase, de altísima calidad, y no robots de segunda. A la vez, tenemos que plantearnos en este momento que tenemos que colonizar el futuro. Y con eso me refiero a que el futuro no es un lugar al que tenemos que ir, sino que es un lugar que tenemos que construir. El futuro será lo que hagamos en este momento. Por eso tenemos que preguntarnos qué mundo queremos, qué clase de personas, y cómo vamos a llegar hasta ahí. Si hablamos de los ODS, por ejemplo, hay que hacer que no se queden simplemente en buenas intenciones: hay que poner los medios para que sean una realidad. Y este es un compromiso de toda la educación. No es un tema del departamento de educación, de los maestros… Es una apuesta social.

Usted ha centrado gran parte de su trayectoria en la gestión de los conflictos. ¿Cuáles son las claves para crear una buena convivencia en los centros educativos? ¿Cómo debería ser un buen plan de convivencia?

Aprender a convivir es uno de los retos de la educación, y una de sus finalidades. Pero ¿qué entendemos por convivir? Convivir no es “vivir con”. En la asociación CONVIVES acuñamos el término “convivencia positiva”, siguiendo la línea de Galtung y su “paz positiva”. Para simplificarlo mucho, “convivencia positiva” significa relacionarse con otras personas en términos de igualdad y abordando los conflictos sin ningún tipo de violencia (y hay muchos tipos de violencia: hay violencia directa, pero también estructural, social…). Conflictos vamos a tener siempre, pero lo importante es que aprendamos a gestionarlos.

La convivencia tiene mucho que ver con la gestión de las emociones: la autorregulación, la empatía, la resiliencia; tiene mucho que ver con la participación: saber expresarse, saber escuchar, dialogar, llegar a acuerdos, trabajar en equipo; y tiene mucho que ver con los valores: el respeto, la justicia, la equidad, la generosidad, la solidaridad, la compasión… En este sentido, un buen plan de convivencia tiene que estar elaborado por toda la comunidad educativa. No solo por un grupo de profesores y profesoras: deben tomar parte las familias, y sobre todo el alumnado. Porque es fundamental que toda la comunidad comparta el mismo marco mental. Tiene que estar basado en el cuidado mutuo, en la corresponsabilidad, en la solidaridad y el diálogo. Así, vamos a establecer unas normas compartidas y vamos a definir qué hacer ante los conflictos. Si el alumno ha participado en la definición de estas normas, es corresponsable de ellas. Se trata en definitiva de educar para la democracia y de educar para la responsabilidad.

¿Cómo se puede combatir el acoso escolar?

En el tema del acoso hay dos cuestiones importantísimas. Una es la prevención. En este sentido, un buen plan de convivencia, trabajado desde infantil, que enseñe a los niños a expresar sus emociones y a escuchar y entender a los otros, evita que se dé acoso escolar. Pero si se da, y este es el segundo punto, hay que gestionarlo bien, y eso significa trabajar, con mucha delicadeza, con las personas implicadas. Porque, ¿qué es el acoso? Son unas relaciones de poder, de abuso y de injusticia. Ante ellas, no hemos de limitarnos a castigar, porque el castigo no produce más que rechazo. No fija nada bueno, no fija desarrollo moral. Cuando un niño es castigado, pensará: “Lo haré cuando no me veas”, pero no dejará de hacerlo. 

Para mí, tan importante es la persona abusada, como el abusador, como también, muy importante, los observadores pasivos, que lo han estado viendo todo y no han hecho nada. Tengo que trabajar con todos y de manera simultánea, porque quiero que vayan desarrollándose moralmente, y que entiendan que el abuso es una injusticia, que lo que han visto va contra la ética del cuidado, y que implica sufrimiento. Pero no abordarlo desde un punto de vista punitivo. Nosotros somos educadores, y estamos para sacar de cada niño lo mejor. Y aquellos que han sido testimonios han de entender también  que permitir la injusticia es ser injusto también.

Otra de sus líneas de investigación y trabajo ha sido la coeducación. ¿Podría contarnos por qué es tan importante y cómo puede trabajarse?

Nuevamente, estamos girando sobre el mismo eje. Se trata otra vez de un tema de justicia. Porque hombres y mujeres son iguales en derechos y en deberes, somos iguales en cuanto que ciudadanos. Y eso, a nivel teórico, lo admite todo el mundo. Sin embargo, nuestras mentes se aferran todavía a los patrones de una cultura patriarcal, con creencias antiguas que tenemos que desechar, pero de las cuales en muchas ocasiones no somos conscientes. Por eso sigue siendo necesaria la coeducación. Coeducar es educar en la igualdad, quitar cualquier estereotipo de género. Deshacer los prejuicios para entender y sobre todo vivir más justamente, no solo en el discurso, sino en los hechos. 

Actualmente hay muchísimos materiales para plantear estas cuestiones. Solo hace falta querer hacerlo. Y hay que remarcar que no hacerlo no perjudica solo a las chicas, sino que perjudica también, y más todavía, a los chicos, porque siguen con creencias obsoletas que van a darles problemas en su vida. Es un déficit que ha castigado en cierto modo más a los hombres que a las mujeres, porque les ha cortado muchas posibilidades de ser, imponiéndoles un determinado comportamiento. Con eso al final perdemos todos, y en educación justamente se trata de que todos ganemos.

¿De qué manera se puede facilitar la creación de un pensamiento autónomo en el alumnado? ¿Qué herramientas habría que darles?

Enseñar a pensar a los alumnos no es lo mismo que enseñarles lo que tienen que pensar. Parece una tontería, pero muchas veces nos equivocamos en eso. Pero, ¿cómo propiciar un pensamiento autónomo que no implique que mis alumnos y alumnas, o hijos o hijas, piensen como yo? Lo primero, en este sentido, es no juzgarlos por sus juicios y sus opiniones; tengo, eso sí, que pedirles que los fundamenten, que me convenzan de que eso es verdad. Por otro lado, tienen que aprender a estar bien informados (sobre todo en un momento de fake news y bulos como el actual) y a hacer su propia criba para formular una opinión propia. 

Es fundamental que en la escuela enseñemos a debatir, a hablar con propiedad, a escuchar y a rebatir con argumentos; el alumnado tiene que hacerse preguntas, y poder construir su pensamiento tomando información de un lado y otro, desde diferentes fuentes. También es importante que se hable en público en clase, porque, como decía Vygotsky, el pensamiento es lenguaje y el lenguaje es pensamiento. 

Leer textos sobre un mismo tema, mirar los distintos enfoques que cada uno le da, escuchar o leer la misma noticia en distintas fuentes, analizando las diferencias en el planteamiento… Todo ello propicia el desarrollo de un pensamiento crítico y propio. Y hay que enseñarles a que prescindan de los eslóganes fáciles. Estamos yendo hacia un pensamiento superficial, sin apreciar los matices, y hay que enseñar justamente a pensar en matices, a entrar en las múltiples tonalidades del gris. 

En un mundo tan cambiante como en el que vivimos, ¿cuáles piensa que serán los conocimientos o las habilidades más importantes que los y las estudiantes van a necesitar en su futuro? 

Si, como hemos dicho antes, queremos colonizar el futuro y sabemos hacia dónde queremos ir, tendremos que definir el camino para llegar hasta ahí. En este sentido, parece que queremos ir hacia un mundo más humano, más humanizante. Pero ¿qué necesita el alumnado para llegar ahí? En mi opinión, tendrían que salir de la escuela con lo que Bolívar llamó una renta básica cultural, es decir, con unos básicos imprescindibles, necesarios para seguir aprendiendo a lo largo de la vida, independientemente de lo que hagan después. Y seguir aprendiendo significa saber pensar, saber aprender, tener curiosidad… y sobre todo, deseo de saber. Si saben cómo aprender más y mejor, ya saben lo esencial. 

Pero, ¿eso cómo se concreta? Los maestros tenemos que crear personas con curiosidad, creativas. Ilusionadas, y no desmotivadas. La escuela tiene que ser una fuente de vida de donde la gente salga con ganas de vivir y de comerse el mundo, y con herramientas para ello. Tiene que desarrollar las aptitudes de los alumnos (los conocimientos contextualizados, las destrezas, las habilidades…), pero también, y sobre todo, transmitir las actitudes para movilizar la curiosidad, la creatividad y la iniciativa. 

¿Cree que se está dotando a los niños de las herramientas necesarias para ello?

Hay centros que lo están haciendo, pero son pocos. Es verdad que el número va creciendo, aunque lentamente. Y pienso que es urgente ponerse a ello. Porque hay niños y niñas para quienes la escuela es la única alternativa para poder aprender y poder generar esta sensación de vida y de curiosidad, y no podemos dejarlos por el camino, sería tremendamente injusto. Si el alumno no desarrolla las competencias que va a necesitar para abordar con todas las posibilidades su vida, hemos fracasado. La escuela no puede sacar gente que piense que no vale para nada, que se sienta inútil… Este es el gran fracaso de la escuela. La escuela, como institución, tiene que ser una escuela de vida, de éxito.

¿Qué necesita un docente para ser un buen docente?

Ser docente hoy no tiene nada que ver con lo que era hace veinte o incluso diez años. Pero hay una cosa que ha sido, es y será igual en el buen docente: su compromiso con todos y cada uno de sus alumnos. Que sea la persona que está al lado del alumno y que le facilita el aprendizaje. Eso me pasó a mí con mi maestra, supongo que a ti con la tuya, y a todos los demás. El buen docente ha de ser por lo tanto competente para identificar y responder a las necesidades del alumnado. 

En mi opinión, todos los docentes tienen que ser excelentes. Los mejores de la especie, las mejores personas, son quienes deben entrenar a las nuevas generaciones; porque la herramienta del maestro es él mismo, no hay una máquina que haga de intermediaria. Yo soy quién comunico y soy lo que comunico. Y en este comunicar están mis creencias y mis marcos mentales, y eso es lo que enseño a mis alumnos. 

También son imprescindibles la empatía, la capacidad de resiliencia, y la del cuidado emocional de sus alumnos. Estamos ahí para que aprendan a vivir, y además a vivir de una manera gozosa. Hemos de poder entusiasmarlos. Y a parte de esto, debemos ser capaces de proponer situaciones de aprendizaje estimulantes, significativas y profundas, que dejen huella. No se trata de aprender algo para un examen y olvidarlo mañana, sino de que el alumno se lleve algo puesto que forme ya parte de él. Los aprendizajes deben ser tan profundos que generen nuevas redes neuronales, nuevos sentimientos, nuevas capacidades de iniciativa, de curiosidad, de gusto por la vida. El docente tiene que enseñar a que cada niño se quiera, a pensar y a aprender; en definitiva, entrenarlo para seguir aprendiendo y avanzar hacia una vida más autónoma y más digna. 

¿Cree que la epidemia del CoVid19 y todo lo que estamos viviendo ha provocado (o provocará) cambios profundos en la educación? ¿Cuáles piensa que pueden ser estos cambios?

Esta crisis nos obliga a plantearnos qué es lo que estamos haciendo y para qué vale. Todo se nos ha caído un poco, forzándonos a preguntarnos por lo fundamental. Pensábamos que estábamos muy preparados para lo digital, pero resulta que no. Y nos encontramos que muchas cosas que los niños estaban aprendiendo tienen muy poco sentido, y que en cambio la autonomía del alumnado, que está en los currículum, no se estaba trabajando. Y ahora la situación nos exige hacer un frenazo y ver dónde estamos. Toda la sociedad tendría que ponerse de acuerdo sobre el sentido de la educación; y responsabilizarse de ella, porque la educación no es solo escolarización, sino que es mucho más: se aprende siempre y en todo lugar. Se aprende a lo largo y a lo ancho de la vida: a lo ancho -las veinticuatro horas del día- y a lo largo -durante toda la vida-. Y se aprende para lo bueno y para lo malo, porque la doble moral también se aprende, igual que a mentir, o la violencia, o los contravalores: todo son códigos de conducta. La vida tiene que entrar en la escuela, y la escuela tiene que salir a la calle. El sentido crítico hay que construirlo, y eso es muy importante. Y toda la sociedad debería ser muy consciente de ello.

¿Cuál debería ser el papel de las instituciones?

Los ayuntamientos deberían tener muy claro que tienen que generar una cohesión social, una inclusión y un aprendizaje de participación, y hacerlo en colaboración con los centros educativos. En este sentido, pienso que habría que dar más competencias a los ayuntamientos, porque son quienes viven más de cerca su realidad social. La escuela y la sociedad tienen que ser promotoras de justicia social, reforzar la igualdad de oportunidades y generar bienestar. Y el gran reto de las administraciones es hacer que todo esto sea verdad, optimizando todos los recursos (profesorado, espacios, tiempo…) y dotando a la comunidad de los recursos necesarios para una educación de excelencia para todos.

¿Qué consejo les daría a los docentes ante la situación que estamos viviendo con la pandemia del CoVid19?

Yo les diría, ante todo, que tengan calma. Estamos en una situación de emergencia, y no podemos permitirnos volvernos locos. Hay que actuar con mucho sentido común y con mucha calma. Tenemos que gestionar esta situación, que no es nada fácil, pero somos profesionales y somos capaces, además de generosos y solidarios. Y hemos de tener en cuenta que la queja no nos ayuda, sino que, al contrario, nos nubla la cabeza y nos quita lucidez. Freire decía que tenemos que pasar de la cultura de la queja a la cultura de la transformación. Claro que estamos en un momento complicado, pero somos muy capaces de darle la vuelta a todo esto y transformar. 

Echémosle imaginación, creatividad, valor, y por supuesto esfuerzo, para buscar soluciones nuevas. Cuidemos de cada crío y cada cría, hablemos con las familias y busquemos complicidades, porque tenemos que estar juntos en esto. Apoyémonos en los colegas. Aprovechemos para encontrar nuevas rutinas, salirnos de los marcos viejos. Y demos sentido a todo lo que hagamos. Y haced todo lo que esté en vuestras manos, todo, pero no más. Que nadie se vaya a casa agobiado por no haber llegado a más, pero que puedan decir, como Max Aub: “Hice lo que pude”. Y cuidaos mucho, por favor, y pensemos juntos, porque no estamos en la nueva normalidad, sino en una nueva realidad, y las cosas no volverán nunca a ser como antes, así que cuanto antes empecemos a cambiar, mejor. Reíros con los alumnos, y dejadles que hablen. Eso es lo fundamental, y ahora empezamos a construir de nuevo. Y sé que tenemos unos profesores estupendos y que lo van a hacer magníficamente. 

 

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