Leo un tweet interesante sobre una investigación histórica, clico en el enlace para saber más y se me abre una pantalla con una franja central llena de palabras sobre un fondo en movimiento que anuncia una película. Letras multicolores y enormes incluidas. Mis ojos se desvían automáticamente allí. Casi sin darme cuenta estoy leyendo en internet el título y el eslogan. Reniego de mí misma y me ESFUERZO por concentrarme en la información que buscaba.

Corrijo ante el ordenador (por aquello de resolver dudas) con música de YouTube de fondo. La pantalla hace rato que quedó en negro, pero de pronto, al final de una de las canciones instrumentales, voces desconocidas me venden un producto de belleza de cualidades casi mágicas. Molesta por la interrupción levanto la cabeza del comentario de texto en el que estaba concentrada, accedo a la pestaña correspondiente, espero los segundos obligatorios y salto el anuncio.

Cuando era una adolescente recuerdo tener una cinta de casete siempre preparada en mi equipo de música para poder grabar aquellas canciones que tanto me gustaban. Me enfadaba si el locutor interrumpía la melodía. Después, escuchando aquellas cintas una y otra vez, memorizaba el orden en que habían quedado registradas. En cuanto acababa una, a mi cabeza llegaba el sonido de la siguiente. Teníamos menos distracciones sensoriales, repetíamos y memorizábamos.

Pero ahora todo eso ha cambiado con internet. Nos bombardean los estímulos visuales y sonoros. Si a esto le añadimos el hecho de que todo es “googleable”, la realidad es que nuestra capacidad de interés y retención se ha visto mermada.

Defiendo el uso de la tecnología, sus herramientas son versátiles y captan nuestra atención, pero también creo que la multiplicidad de focos que nos ofrecen la mayoría de páginas web y las redes sociales ha hecho que no nos esforcemos en conservar datos y que cada vez nos cueste más leer textos que pasan unas determinadas líneas. Nos parecen largos.

Gran parte de nuestros conocimientos son casi instantáneos. Siempre he hablado de ”memorizar para vomitar en un examen”, pero ahora también nos pasa con infinidad de datos que buscamos en la red a lo largo del día.

Llevado al ámbito educativo, la situación preocupa. ¿Por qué ahora los alumnos saben menos de morfología y sintaxis, por ejemplo? Supongo que hay dos motivos principales: uno es que a la mayoría no les interesa el tema, y el segundo es que, inconscientemente, piensan que la información siempre estará ahí, en algún sitio, para volver a ella y repasarla antes de que se les exija en una prueba. Conocimiento instantáneo.

Esta situación también afecta a sus hábitos lectores. Cada vez les cuesta más acercarse a los textos largos porque les implica tiempo de dedicación y también porque están perdiendo vocabulario. No entienden gran parte de lo que leen.

Con todo esto, otro reto se nos plantea al profesorado ante esta generación digital: captar la atención de unos alumnos cada día más imbuidos en la heterogeneidad de Internet. ¿Seremos capaces de lograrlo?

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