Te presentamos la reseña ganadora del premio del público de nuestro concurso, un delicioso texto de Christian Tricio, profesor de lengua y literatura en la Educación Secundaria y autor del blog de No es ficción si no duele. Christian desgrana el libro con cariño, con un cuidadísimo lenguaje y convirtiendo la propia reseña en una interesante experiencia literaria, desde el título hasta su conclusión.


(Metamorfosis, Vicens Vives, Clásicos Adaptados, 2010)

761 años después de la fundación de Roma, en el octavo año de nuestra era, Augusto gobernaba el Imperio, mientras su hijo adoptivo Tiberio luchaba contra los dálmatas. En la capital peinaba canas un poeta tan célebre por su talento como por su frivolidad. Los versos alegres y lascivos de su Arte de amar habían hecho las delicias de plebeyos y patricios por igual. De todos menos uno, pues el emperador, celoso guardián de las virtudes tradicionales romanas, no veía con buenos ojos que Ovidio incitara a los romanos a gozar de los placeres del amor. Tampoco Ovidio estaba satisfecho con su reputación, sino que aspiraba a ser reconocido como poeta serio. Por eso puso todo su talento en una obra de tema grave, que tomara su materia de la religión tradicional romana: las Metamorfosis. Su enmienda, sin embargo, llegó tarde. Ovidio estaba terminando esta magna obra cuando tuvo que partir hacia el exilio. Augusto, sin mediar una explicación, lo había desterrado al Mar Negro, terriblemente lejos del epicentro cultural romano, que era su medio natural. Allí, tan lejos de todo lo que amaba, vio languidecer su vida este genio literario, entre bárbaros sordos a su poesía.

Las Metamorfosis son un amplio recorrido por el cuerpo narrativo de la religión tradicional romana, a la que, ya desengañados, llamamos “mitología”. El visionario instinto literario de Ovidio encontró en el tema de la transformación un hilo conductor para dotar de unidad a una obra que fácilmente la habría perdido en una maraña de cuentos desconectados. Pero, además, Ovidio supo imprimir en estos relatos una belleza plástica y arrebatadora, que ha sido fuente de inspiración inagotable para las artes durante siglos. ¿Cuánto deben a Ovidio los artistas del Renacimiento y del Barroco?  Garcilaso, Rubens y Bernini han perseguido el blanco pie de Dafne tan incansablemente como el mismo Apolo, hasta empujar a la desdichada ninfa a transmutarse en laurel, apenas sensitivo.

Junto a este inconmensurable valor estético, los mitos ovidianos conmueven por su valor ético, por ser fiel espejo de pasiones, vicios y virtudes que han acompañado al ser humano desde la luminosa caverna hasta el tenebroso adosado. He ahí el cruel Licaón, el lujurioso Júpiter y la desairada Juno, el codicioso Midas, los hospitalarios y piadosos Baucis y Filemón, la arrogante Aracne y la vengativa Atenea… Cualquiera que lea el mito de Faetón y Febo, o el de Ícaro y Dédalo, se sorprenderá por la emotiva verosimilitud de las relaciones paternofiliales entre estos personajes: el padre que cede en su prudencia ante el entusiasmo temerario de su hijo adolescente, solo para lamentar amargamente su descalabro. El hombre enamorado de su propia obra encuentra su reflejo en Pigmalión, como el hombre enamorado de sí mismo lo halla en Narciso. Orfeo y Venus experimentan distintos matices del duelo por la pérdida del ser amado. La ninfa Eco representa el eterno amante ignorado. La lucha obstinada de una madre por recuperar a su hija, cueste lo que cueste, la encontramos en Ceres, cuando pierde a su hija Proserpina y desata los inviernos por el mundo hasta recuperarla.

Son, pues, las Metamorfosis de Ovidio una cima de la literatura que trasciende su propio marco espacial y temporal, una obra de interés universal, en la que cualquier ser humano sensible puede hallar deleite para su sentido estético e inspiración para su pensamiento.

La editorial Vicens Vives lleva ya casi veinte años editando una fantástica colección deClásicos Adaptados. En 2010 tuvo el gran acierto de publicar una adaptación de lasMetamorfosis de Ovidio a cargo de Agustín Sánchez Aguilar. Esta edición prosifica los doce mil versos de Ovidio y los condensa en ciento cincuenta páginas de placer. La prosa de Sánchez Aguilar, ágil y elocuente, no tiene nada que envidiarle al verso de Ovidio. Doy fe de ello:

Lo que Dafne sentía no era amor sino pánico: su corazón no ansiaba la caricia, sino que trataba de escapar del peligro. Mientras corría a través del bosque, los guijarros se clavaban en sus pies y las zarzas le herían los tobillos, pero ni siquiera sentía el dolor, pues su alma se encontraba a merced del miedo. Cada vez que Dafne volvía la cabeza, Apolo se hallaba algo más cerca. Era tenaz como el lobo cuando sigue a su presa, odioso como la serpiente que nunca se rinde. (pág. 60)

El texto de Sánchez Aguilar hace de este libro una gran edición de las Metamorfosis, pero, por si esto fuera poco, este texto se encuentra primorosamente acompañado de riquísimas ilustraciones a todo color en cada página. Y no se trata de un ilustrador cualquiera, sino del mismísimo Alan Lee, el mismo que tradujo en imágenes tan convincentes, atractivas y poéticas la obra de J. R. R. Tolkien, El señor de los anillos. Quien haya disfrutado el espectáculo visual de las trilogías cinematográficas de Peter Jackson, que sepa que Alan Lee las imaginó así antes que nadie. Las ilustraciones de Alan Lee hacen de esta edición de Vicens Vives de las Metamorfosis de Ovidio, ya no solo un gran libro, sino una auténtica joya. Háganme caso, cómprenlo pronto, antes de que sea descatalogado, porque les aseguro que un día será una valiosa pieza de coleccionista.

Como profesor de lengua y literatura en la educación secundaria, dedico mucho tiempo a guiar a mis alumnos en la lectura de los clásicos. Llevo tres años trabajando con este libro, entre otros, con chicos y chicas de doce y trece años. Hasta hoy no he visto que ninguna lectura los fascine y atrape tanto como esta. Por eso le recomendaría este libro a cualquier padre o educador que esté buscando una lectura interesante para jóvenes a partir de los doce años, aunque me parece injusto privar del placer de su lectura a personas de cualquier edad.

«No habitaré en la muerte, sino que viviré.» Así termina Ovidio su obra maestra. Y apuesto que el poeta se sentiría muy satisfecho del trabajo que Sánchez Aguilar, Alan Lee y Vicens Vives han hecho para garantizar que Ovidio viva.
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