¿Enseñar filosofía o enseñar a pensar? Las dos van de la mano y a menudo la pregunta se centra más en cómo conseguirlo. Por eso hemos hablado con tres especialistas en la materia que nos cuentan la experiencia en sus clases y cómo consiguen enseñar filosofía a sus estudiantes.

 

Glòria Arbonès

Glòria Arbonès

Profa. en Filosofía. Directora del GrupIREF (asociación que desarrolla Filosofía 3/18 en Cataluña). Profesora de Didáctica de la Filosofía en la Facultat d’Educació de la UB.

Me gusta más hablar de «hacer Filosofía» que de enseñarla.

 La Filosofía es una disciplina que nos permite trabajar con el pensamiento, organizarlo, mejorarlo desde una perspectiva crítica, creativa y cuidadosa. Desde esta mirada podemos hablar de enseñar a pensar mejor, haciendo filosofía.

Los niños y las niñas se manifiestan curiosas desde que nacen y cuando pueden expresarse  con palabras, comienzan a preguntar, a indagar e intentar dar sentido a lo que les rodea. Si no creamos espacios para hablar y pensar sobre temas que no se incluyen en las asignaturas pero que son de enorme interés para ellos y ellas, es muy probable que esa curiosidad se vaya adormeciendo poco a poco.

Los espacios para hacer Filosofía de modo sistemático, estimular el ejercicio de hacer buenas preguntas, investigar las buenas razones, entre otras cosas, es una oportunidad que no deberíamos desaprovechar.

En la adolescencia, otro momento crucial para relacionarnos con la Filosofía, podemos hacerlo desde la palabra de las filósofas y filósofos de todos los tiempos, pero sin perder de vista los intereses del alumnado y la interacción basada en el diálogo. 

En resumen (y aunque sea muy difícil de elegir) las tres cosas podrían ser:

  • facilitar espacios para pensar con los demás.
  • estimular la formulación de preguntas genuinas.
  • construir pensamiento razonable.

 

Eduardo Infante

Eduardo Infante

Profesor de filosofía en el CES La Salle-Gijón. Autor del libro "Filosofía en la calle”

Sócrates ha sido siempre para mí un referente como filósofo, como ciudadano y como maestro. Cómo a él, lo que me preocupa es que mis estudiantes aprendan a cuestionar el mundo en el que viven, no que estudien para sacar una nota y pasar la selectividad. La filosofía debe enseñar a pensar, no qué pensar. No existe un antídoto más potente contra el dogmatismo y la estupidez que la práctica de la filosofía. 

En mis clases, intento conectar la filosofía y la vida como hicieron los antiguos griegos. La vida nos pone a todos ante situaciones que nos desconciertan y que nos fuerzan a hacernos preguntas y reflexionar.

Por ello, intento que en mis clases se produzca un doble movimiento: el primero es el de acercar a los alumnos a los grandes textos y las grandes cuestiones, que me entusiasmaron y me cambiaron la vida, a mejor. El segundo es el de llevarles la filosofía a sus vidas como una herramienta que quizás no les garantice la felicidad, pero que seguro les harán vivir sus vidas con una mayor profundidad. 

¿Qué tres cosas intento enseñar a mis estudiantes?

  1. Cuestionar las respuestas obvias, aquellas a las que ya nadie pide ni argumentos ni evidencias.
  2. Combatir la estupidez, las pseudociencias, las fake news, y los fascismo y los populismo, enemigos todos ellos de la democracia. 
  3. Usar correctamente la razón, recordándoles que la apelación a las emociones siempre se ha usado para generar masas en las que el individuo deja de pesar y de ser libre.

 

María G. Amilburu

María G. Amilburu

Doctora en Filosofía y en Ciencias de la Educación. Profesora de Filosofía de la Educación, UNED

  1. Mostrar la diferencia entre “actitud filosófica” y la disciplina académica que llamamos “Filosofía”.

 – La actitud filosófica lleva al ser humano a asombrarse ante la realidad, a hacerse preguntas últimas, a no darse nunca por satisfecho porque siempre es posible saber más, conocer mejor. Y como señaló Aristóteles, el ser humano desea por naturaleza conocer.

– La disciplina académica presenta los descubrimientos que han hecho quienes han cultivado la actitud filosófica a lo largo de la historia, y los ofrece a través de sus escritos de manera sistemática.

Lo más importante al enseñar filosofía es desarrollar y ayudar a ejercitarse en la actitud filosófica, para llegar a protagonizar la propia vida de manera más digna, más humanamente. Conocer la disciplina académica es una ayuda, porque aprendemos de la experiencia de otros -que ya los han transitado- caminos que conducen a lugares interesantes y sendas que llevan a callejones sin salida.

     2. Aprender a hacer preguntas importantes

 – Fomentar una actitud inquisitiva, que no se satisface repitiendo lo que otros han dicho sin examinarlo, ni quiere actuar sin entender, “porqué las cosas se hacen así”. En cuanto que animal racional, el ser humano debería dar razón de lo que hace y por qué lo hace, sin limitarse a surfear por las apariencias de la vida. Y para eso, es preciso hacerse preguntas, ir al fondo de los asuntos.

     3. Enseñar a respetar la realidad

Muchos sostienen que no es posible alcanzar la verdad, o que hay tantas verdades como opiniones contradictorias de los individuos. Sin embargo, nadie quiere ser engañado; y descubrir que le han mentido, se han falseado datos o manipulado la información se experimenta como una ofensa. ¿Entonces…?

Es muy importante ayudar a descubrir que la realidad -el mundo físico, las situaciones, las personas- tienen un “núcleo duro” que es-lo-que-es, y es-como-es, con independencia de lo que a mí me gustaría que fuera. Reconocerlo y respetarlo es el primer paso para poder vivir en verdad, sobre terreno firme: lo demás son arenas movedizas.

 La Filosofía -la actitud filosófica y la disciplina académica- nos enseña a hacer preguntas importantes y a conocer la realidad en profundidad, respetándola. Por eso pienso que sigue siendo necesario enseñar y aprender filosofía.

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